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Brooklyn Funk Essentials y el legado del jazz espiritual en Jazz in Marciac

Hay canciones que no se terminan: simplemente cambian de cuerpo. «The Creator Has a Master Plan», la monumental pieza asociada a Pharoah Sanders y a la voz inconfundible de Leon Thomas, pertenece a esa especie rara. Nació como una declaración de fe, libertad y búsqueda interior en plena efervescencia del jazz espiritual; décadas después, puede aparecer en el repertorio de una banda de funk neoyorquino y sonar menos como una pieza de museo que como una conversación que llevaba demasiado tiempo esperando respuesta.

La interpretación de Brooklyn Funk Essentials en Jazz in Marciac parte de ese material inflamable. En el vídeo, la banda convierte el mensaje central de la canción —la idea de que el amor puede orientar en medio de la confusión— en un mantra compartido, sostenido por ritmo, repetición y energía de directo. No hay nostalgia de vitrina ni reverencia con guantes blancos. Hay groove. Y el groove, cuando está bien administrado, puede ser una forma bastante seria de pensamiento.

Una obra que nació enorme, no intocable

La composición original, publicada por Pharoah Sanders en el álbum Karma, no fue pensada para la economía de la canción pop. Su fuerza está precisamente en lo contrario: en la duración, la insistencia, las voces que parecen invocar y el saxofón que se mueve entre el grito, la plegaria y una tormenta solar. Es música que no pide permiso para ocupar espacio.

Pero llamar a aquello “jazz espiritual” no debería convertirlo en un género embalsamado, reservado a oyentes que fruncen el ceño ante una estantería de vinilos. El jazz espiritual siempre tuvo una relación intensa con lo terrenal: blues, gospel, percusión africana, cantos comunitarios, soul y una necesidad muy física de transformar la escucha en experiencia. La trascendencia, aquí, no flota tres metros por encima del suelo; baila sobre él.

Por eso «The Creator Has a Master Plan» admite nuevas lecturas sin perder su centro. Su estructura abierta y su carácter meditativo dejan margen para que cada intérprete decida qué quiere enfatizar: el fervor, la improvisación, el trance rítmico o la dimensión colectiva de su estribillo. No es un plano cerrado. Es una casa con las puertas abiertas y, probablemente, alguien cocinando algo picante al fondo.

Brooklyn Funk Essentials: llevar el mantra al asfalto

Brooklyn Funk Essentials no procede de la tradición del jazz espiritual en sentido estricto, y ahí reside buena parte del interés. Su identidad musical se ha construido alrededor de un cruce de funk, soul, hip-hop, jazz y sensibilidades urbanas neoyorquinas. Al acercarse a esta pieza, la banda no necesita disfrazarse de grupo de free jazz ni reproducir la arquitectura de Karma piedra por piedra.

Su aportación es otra: trasladar el impulso de la obra a un lenguaje donde el bajo, la batería y la repetición vocal tienen un peso decisivo. En la actuación, el mensaje aparece cantado y reiterado como una consigna de comunidad. La letra escuchada en el vídeo insiste en la incertidumbre de lo permanente y en la posibilidad de dejar que el amor marque el rumbo. Es un planteamiento sencillo, incluso desarmante. También es difícil de defender sin caer en la postal de incienso, porque el cinismo contemporáneo tiene un detector de frases luminosas bastante sensible.

La banda lo sortea mediante la música. El funk aporta gravedad, empuje y un sentido del presente que impide que la espiritualidad se vuelva decorativa. Donde una lectura demasiado solemne podría levantar una catedral, Brooklyn Funk Essentials prefiere abrir una pista de baile. No es una rebaja del original: es una traducción cultural.

El festival como lugar para los cruces improbables

Jazz in Marciac, en el sur de Francia, representa muy bien la elasticidad actual de los festivales europeos de jazz. Su propio nombre remite a una tradición concreta, pero el jazz que interesa de verdad rara vez se comporta como una frontera aduanera. En sus mejores programaciones, un festival puede reunir herencia, riesgo, músicos de distintas generaciones y propuestas que se salen del perímetro sin pedir disculpas.

Una versión funk de un clásico del jazz espiritual encaja en ese paisaje porque recuerda algo esencial: los repertorios no sobreviven gracias a la conservación pasiva, sino gracias al uso. Una canción sigue viva cuando otros músicos encuentran en ella un problema que resolver, una frase que reformular o un ritmo que empujar un poco más allá.

También hay una cuestión de audiencia. El formato festival permite que quien acude atraído por una banda de funk se cruce con la historia de Sanders, y que quien conoce Karma descubra un nuevo enfoque sin tener que entregar su carné de purista a la salida. Todos ganan. Excepto quizá el guardián imaginario del canon, que seguirá buscando una forma reglamentaria de bailar.

Del soul cósmico al groove colectivo

El puente entre Sanders y Brooklyn Funk Essentials no es tan extraño como parece. El soul y el gospel han sido compañeros constantes del jazz, mientras que el funk aportó una nueva forma de organizar el tiempo: menos lineal, más circular, más confiada en que una buena célula rítmica puede sostener un universo entero. La repetición, lejos de ser pobreza de ideas, puede ser una herramienta de intensidad.

En «The Creator Has a Master Plan», esa circularidad permite que el oyente entre poco a poco. No hace falta comprender cada referencia espiritual ni conocer la discografía de Impulse! para captar el gesto: voces que llaman, instrumentos que responden, un pulso que reúne. La actuación de Marciac subraya especialmente esa dimensión participativa. Incluso la presentación de Adam Osborne al final del vídeo funciona como recordatorio de que esto es, ante todo, música hecha por personas en una sala, no una reliquia bajada de una montaña.

Por qué sigue importando esta canción

El atractivo duradero de «The Creator Has a Master Plan» no depende de una doctrina concreta. Su vigencia está en la pregunta que deja suspendida: ¿qué hacemos con la confusión, el miedo y la sensación de que todo se mueve demasiado deprisa? La respuesta de la canción puede sonar idealista, claro. Pero el idealismo, en manos de músicos capaces de darle ritmo y tensión, deja de ser un eslogan y se convierte en una práctica.

Brooklyn Funk Essentials no intenta cerrar esa pregunta en Jazz in Marciac. La hace sonar en presente. Y eso es lo que una buena versión debería lograr: no repetir una obra admirada, sino demostrar que todavía tiene algo que discutir con nosotros.