Durante demasiado tiempo, una parte del público trató el jazz como se trata una vitrina de museo: con respeto, silencio y cierto temor a romper algo caro. Ezra Collective ha preferido abrir la ventana, enchufar un soundsystem y recordar una verdad bastante incómoda para los guardianes de la solemnidad: el jazz también nació para mover el cuerpo.
La banda londinense formada por Femi Koleoso, TJ Koleoso, James Mollison, Ife Ogunjobi y Joe Armon-Jones no ha llegado para pedir permiso. Su música cruza la improvisación con afrobeat, reggae, highlife, grime, jungle, broken beat y otros ritmos que han crecido en barrios, clubes, iglesias y pistas de baile. No es una mezcla de ingredientes lanzados a la batidora por puro entusiasmo. Es, como explican sus miembros, el reflejo natural de Londres: una ciudad donde las herencias culturales no viven en compartimentos estancos.
Jazz más Londres: una fórmula menos inocente de lo que parece
Ezra Collective propone una definición tan sencilla como potente: su sonido sería “jazz más Londres”. Esa suma no es una etiqueta de diseño para camisetas negras. Habla de una experiencia cotidiana: crecer entre acentos, diásporas, música caribeña, ecos africanos, cultura de club y amistades con orígenes muy distintos.
Ahí está una de las claves de su fuerza. Para el grupo, pasar del reggae al afrobeat o de una cadencia hip-hop a un solo de saxofón no supone abandonar el jazz. Supone tocarlo desde el lugar real en el que viven. Londres no aparece como decorado turístico de cabina telefónica y lluvia fotogénica, sino como una red de sonidos que se cruzan a diario.
La idea tampoco es nueva en la historia del género. El jazz siempre ha sido una máquina de absorber mundos: Dizzy Gillespie dialogó con músicas afrocubanas; Birth of the Cool abrió caminos con arreglos de impronta europea; Robert Glasper construyó puentes muy visibles entre lenguaje jazzístico, R&B, hip-hop y el universo de J Dilla. El problema empieza cuando una tradición se convierte en una estatua. Las estatuas impresionan, sí, pero improvisan fatal.
La pista de baile no es el enemigo del virtuosismo
Hay quien aún confunde complejidad con inmovilidad. Como si un compás sofisticado obligara a mirar fijamente al suelo, con los brazos cruzados y expresión de estar resolviendo un problema de física cuántica. Ezra Collective discute esa idea desde el ritmo.
Su enfoque recupera un hecho básico: antes de convertirse también en música de escucha concentrada, el jazz fue swing, baile y encuentro social. Después llegaron el bebop, las rupturas de la vanguardia y mil mutaciones más. Nada de eso invalida el pasado; al contrario, muestra que el género ha sobrevivido porque nunca aceptó quedarse quieto.
En el lenguaje de Ezra Collective, las líneas de bajo, la batería y los vientos no están ahí para adornar una exhibición técnica. Funcionan como un motor colectivo. La improvisación puede dispararse, pero conserva una relación física con el pulso. Ésa es la diferencia entre una jam que invita a entrar y otra que parece haber colocado una cuerda de terciopelo en la puerta.
La influencia de Tony Allen resulta especialmente reveladora. Femi Koleoso ha hablado de él como maestro y referencia, destacando una manera de tocar basada menos en el volumen que en la presencia, el control y la calma. Allen, figura esencial del afrobeat, entendía que la batería podía ser poderosa sin aporrear cada centímetro del kit como si le debiera dinero. Esa lección se percibe en la importancia que Ezra Collective concede al groove: firme, expansivo y siempre atento a lo que ocurre alrededor.
Una alegría nacida de historias difíciles
La música bailable carga a menudo con una paradoja formidable. Muchos de sus lenguajes más luminosos nacieron en contextos de exclusión, precariedad, violencia o desplazamiento. Ezra Collective aborda esa tensión al conectar tradiciones como el calypso, el reggae, el dancehall, la soca y el afrobeat con escenas británicas como el grime, el jungle, el garage o el funky house.
No se trata de presentar el baile como una evasión boba, esa palabra que suele usar quien nunca ha necesitado una noche de música para recomponerse. Bailar puede ser celebración, desahogo, comunidad y supervivencia emocional. Fela Kuti creó música irresistible mientras sufrió una brutal represión; numerosas culturas caribeñas y negras han convertido experiencias históricas dolorosas en ritmos capaces de levantar una sala entera.
La banda no pretende resumir continentes ni diásporas en un disco, empresa que exigiría una arrogancia del tamaño de un estadio. Lo interesante es que reconoce esas conexiones y las trabaja desde una perspectiva concreta: la de músicos británicos que escuchan el eco de África y el Caribe en la vida cotidiana londinense.
Aprender, tocar y devolver: el valor de una escena
La historia de Ezra Collective también desmonta la fantasía del genio aislado que baja de una montaña con un solo de trompeta bajo el brazo. Sus integrantes se conocieron en Tomorrow’s Warriors, un espacio juvenil de Londres donde podían reunirse y aprender jazz de forma gratuita. Allí encontraron, además, a otros jóvenes interesados en salirse de la ruta más recta del jazz.
El detalle importa porque explica su ética. La banda habla de aprender de quienes llegaron antes, aplicar esas lecciones y transmitirlas a otros. Hay una conexión con la cultura de enseñanza de la iglesia, presente en la trayectoria de algunos de sus miembros; Femi Koleoso empezó a tocar la batería en ese entorno desde niño. También está el gesto de incorporar una grabación de jóvenes intérpretes de steel pan de Kinetica Bloco, un pequeño fragmento de comunidad convertido en memoria sonora.
Frente a ciertos modelos académicos que congelan a los grandes nombres en una fecha gloriosa —como si Herbie Hancock hubiera dejado de investigar después de sus primeros hitos—, Ezra Collective reivindica la evolución. Conocer el canon no debería equivaler a embalsamarlo. Escuchar a Miles Davis, Charlie Parker o Hancock implica atender tanto a lo que hicieron como a su impulso por seguir cambiando.
Por dónde entrar al universo de Ezra Collective
La puerta de entrada no requiere un máster en armonía ni una boina sospechosamente cara. Conviene escuchar a Ezra Collective con la misma disposición que se lleva a una buena sesión de club: atentos al detalle, pero sin renunciar al instinto. El grupo invita a seguir cómo una base rítmica sostiene los diálogos entre vientos, teclados y batería, y cómo los solos no rompen la canción, sino que la empujan hacia otro sitio.
- Escucha el ritmo antes que la etiqueta. Si una pieza te lleva al afrobeat, al reggae o al broken beat, sigue ese hilo sin pedir disculpas.
- Vuelve a Tony Allen y Fela Kuti. Ayudan a entender la arquitectura rítmica y política que late detrás de buena parte de esta conversación.
- Recorre las transformaciones de Herbie Hancock. Su trayectoria es una vacuna estupenda contra la idea de que el jazz debe sonar siempre a una única época.
- Conecta con Robert Glasper. Su trabajo ilustra cómo el jazz puede conversar con los lenguajes urbanos contemporáneos sin actuar como un invitado de compromiso.
- Busca el contexto en directo. Esta música gana sentido cuando se imagina como un intercambio: músicos respondiéndose, público reaccionando y el groove haciendo de idioma común.
Ezra Collective no representa una ruptura con el jazz, sino una de sus continuidades más coherentes. Su propuesta recuerda que la tradición no consiste en repetir una fórmula hasta que deje de respirar. Consiste en cuidar lo aprendido lo suficiente como para arriesgarse a llevarlo a otro lugar. Y, de paso, hacerlo bailar.