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Atomic Habitz en Newport Jazz Festival: jazz, funk y blues eléctrico en una colaboración explosiva

Hay colaboraciones que parecen concebidas en una mesa de marketing y otras que suenan a cortocircuito feliz. Atomic Habitz, el encuentro entre Marcus King, Chris Dave y MonoNeon, pertenece con bastante orgullo a la segunda categoría. Su interpretación de Inglewood Motel en el Newport Jazz Festival no pide permiso para cruzar fronteras: recoge electricidad del blues-rock, tensión del funk y una forma de entender la improvisación que le debe mucho al jazz, aunque no se moleste en llevar una etiqueta colgada del cuello.

El resultado tiene músculo, sudor y ese punto de peligro que desaparece cuando una banda se limita a ejecutar el plano de obra. En la actuación, el tema avanza entre voces, riffs y secciones instrumentales de alto voltaje; la palabra “heat”, repetida como una exclamación rítmica, resume bastante bien el clima. No hace falta convertir cada guitarra amplificada en jazz para escuchar jazz en la manera de relacionarse entre los músicos.

Newport y el jazz que no cabe en una vitrina

Que un proyecto así aparezca en Newport no debería sorprender a nadie que escuche el género con los oídos abiertos. Un festival de jazz no es, o no tendría que ser, un museo de corbatas estrechas, estándares embalsamados y solos que piden perdón antes de entrar. El jazz ha crecido históricamente absorbiendo lenguajes: blues, música popular, ritmos afroamericanos, soul, funk, rock, hip-hop y todo lo que le haya ofrecido una buena conversación rítmica.

Atomic Habitz funciona precisamente porque no trata esos estilos como departamentos estancos. El blues aporta la aspereza vocal y la carga dramática; el rock abre la puerta al volumen y al riff; el funk pone el suelo bajo los pies; y el jazz aparece en algo menos fácil de medir, pero decisivo: la escucha en tiempo real. En lugar de una suma de géneros con pegamento visible, el grupo plantea una conversación eléctrica.

Ese es uno de los gestos más interesantes de la programación jazzística contemporánea. La pregunta ya no es si una banda “suena suficientemente a jazz”, una pregunta que suele tener el encanto de una inspección de Hacienda. La pregunta útil es otra: ¿hay interacción, riesgo, personalidad rítmica y espacio para que la música cambie mientras sucede? Aquí, la respuesta parece bastante clara.

Tres trayectorias, una misma obsesión: el groove

La química de Atomic Habitz se entiende mejor al mirar qué pone cada integrante sobre la mesa. Marcus King llega con una voz y una guitarra asociadas a una sensibilidad de raíz blues-rock y soul. En Inglewood Motel, la canción conserva ese pulso de relato eléctrico, con frases vocales de tono inquieto y una instrumentación que no busca el acabado pulcro de laboratorio. Hay materia prima, no mármol.

Chris Dave, por su parte, representa una forma de tocar la batería en la que el compás no es una cuadrícula, sino un organismo con ideas propias. Su papel va más allá de marcar el tiempo: puede tensarlo, desplazar la sensación de apoyo y abrir huecos para que el resto responda. En músicas de groove, ese tipo de batería es el equivalente a cambiar el suelo de sitio mientras todos siguen bailando. Si funciona, nadie se cae; al contrario, todo gana vida.

Y MonoNeon aporta un bajo que se niega a ser mobiliario. En el cruce entre funk, soul, hip-hop y experimentación eléctrica, el bajo puede ser ancla, percusión, comentario melódico o provocación directa. Esa versatilidad encaja con una propuesta que evita la división clásica entre sección rítmica y solista. Aquí el groove no acompaña a la canción: también la discute.

La electricidad afroamericana como conversación, no como género

Hablar de jazz, funk, soul, blues y rock como compartimentos separados sirve para ordenar estanterías, no necesariamente para entender la música. La tradición eléctrica afroamericana ha prosperado, entre otras cosas, gracias a los préstamos mutuos. El riff puede llevar memoria blues; el bajo puede hablar con acento funk; una batería puede empujar desde el hip-hop; y una guitarra puede estirar una nota hasta volverla casi vocal.

Atomic Habitz se sitúa en ese cruce. La actuación no parece perseguir la neutralidad: hay dramatismo, textura y volumen. Pero tampoco se instala en el piloto automático del rock de estadio, donde cada subida está señalizada con fluorescentes y el solo llega siempre con puntualidad ferroviaria. La gracia está en el roce. Los músicos comparten un centro rítmico, pero lo deforman y lo alimentan desde lugares distintos.

Ese enfoque también ayuda a entender por qué el bajo experimental tiene hoy tanta presencia en las conversaciones alrededor del jazz contemporáneo. No se trata de tocar más notas por minuto —una competición que rara vez ha mejorado una canción—, sino de ampliar las posibilidades del instrumento dentro de la banda. El bajo puede generar melodía, ruido, síncopa, tensión y, por supuesto, una cantidad bastante seria de funk.

Improvisar no siempre significa alejarse de la canción

Existe un malentendido persistente: creer que la improvisación sólo empieza cuando desaparece la estructura. En realidad, también puede vivir dentro de un riff repetido, de una estrofa vocal o de un patrón aparentemente sencillo. Lo importante es que ese material no esté muerto. Que permita respuesta, variación, fricción.

En Inglewood Motel, la energía procede en buena medida de esa insistencia. El motivo rítmico y las repeticiones no actúan como relleno, sino como combustible. Sobre esa base, la interpretación puede crecer sin tener que abandonar el carácter de canción. Es una lección útil para cualquiera que aún imagine el jazz como una música obligada a elegir entre la forma cerrada y el caos cósmico. Hay mucho territorio entre ambas cosas, y suele ser el más divertido.

Una puerta de entrada para oídos sin prejuicios

Para el público del jazz, Atomic Habitz ofrece una oportunidad de escuchar cómo el lenguaje de la interacción y el pulso sigue evolucionando fuera de los formatos más canónicos. Para quien llegue desde el blues-rock o el funk, propone otra puerta: la de una música donde el arreglo no está completamente blindado y cada músico puede alterar la temperatura de la sala.

Ese es el valor de encuentros como este en un escenario de Newport. No certifican que todo lo eléctrico sea jazz ni convierten el festival en una playlist sin criterio. Recuerdan algo más interesante: el jazz continúa siendo una práctica de mezcla, escucha y transformación. A veces llega vestido de traje. Otras veces aparece con un bajo afilado, una batería que muerde el pulso y una guitarra dispuesta a dejar unas cuantas chispas en la moqueta.